http://nomcomu.blogspot.com/2008/04/toni-negri-revolt-that-never-ends.html
Texto de Franco Berardi, Bifo, autor de La fábrica de la infelicidad
Subjetivación y no sujeto
No pretendo hacer una reconstrucción histórica del movimiento de autonomía, sino tan sólo tratar de comprender su especificidad histórica volviendo sobre conceptos como rechazo del trabajo y composición de clase. Los periodistas usan el término operaismo para designar un movimiento político y filosófico que apareció en Italia en los años 60. A mí no me gusta ese término porque reduce la complejidad de la realidad social al mero dato de la centralidad de los obreros industriales en la dinámica social de la modernidad tardía. La centralidad de la clase obrera ha sido uno de los grandes mitos políticos del siglo XX, pero el problema que nos tenemos que plantear es el de la autonomía del espacio social frente al dominio capitalista, y el de las diferentes composiciones culturales, políticas e imaginarias que elabora el trabajo social. Por eso prefiero emplear la expresión composicionismo para designar ese movimiento de pensamiento.
Lo que me interesa subrayar de la operación filosófica del llamado operaismo italiano es el desmontaje de la noción de sujeto que el marxismo heredó de la tradición hegeliana. En lugar del sujeto histórico, el composicionismo empieza a pensar en términos de “subjetiv/acción”. El concepto de clase social no tiene una consistencia ontológica, sino que debe entenderse como un concepto vectorial. La clase social es proyección de imaginaciones y proyectos, efecto de una intención política y de una sedimentación de culturas.
Los pensadores que escribían en revistas como Classe Operaia o Potere Operaio no usaban este tipo de lenguaje, no hablaban de inversiones sociales de deseo, y se expresaban de forma mucho más leninista. Pero el gesto que realizaron produjo un cambio importante en el panorama filosófico, que desplazó la atención de la centralidad de la identidad obrera a la descentralización del proceso de subjetivación. Félix Guattari, que entró en contacto con el operaismo después de 1977 y sólo fue conocido por los pensadores de la autonomía italiana después de esa fecha, insistió siempre en la idea de que no se debería hablar de sujeto sino, más bien, de proceso de subjetivación.
Partiendo de estas observaciones podemos tratar de comprender qué significa rechazo del trabajo. Esta expresión no significa tanto el hecho obvio de que a los obreros no les gusta que les exploten, sino algo más. Significa que la reestructuración capitalista, el cambio tecnológico y la transformación general de las instituciones sociales son el producto de una acción cotidiana de sustracción de la explotación, de rechazo de la obligación de producir plusvalor y de aumentar el valor del capital a costa de reducir el valor de la vida.
Como he dicho, no me gusta la expresión operaismo por la implícita reducción a una referencia social restringida, y prefiero la palabra composicionismo. El concepto de composición social o composición de clase, ampliamente utilizado por los pensadores “operaistas”, parece tener más que ver con la química que con la historia social.
Me gusta la idea de que el lugar en el que se desarrollan los procesos históricos no sea el sólido territorio rocoso de origen hegeliano, sino un ambiente químico en el que sexualidad, enfermedad y deseo se combaten, se encuentran y se mezclan y cambian continuamente el panorama. Si usamos el concepto de composición podemos comprender mejor lo que sucedió en Italia en los años 70, y podemos entender mejor qué quiere decir autonomía: no es la constitución de un sujeto, no es la identificación de los seres humanos con una figura social prefijada, sino el cambio continuo de las relaciones sociales, la identificación y la desidentificación sexual y el rechazo del trabajo. El rechazo del trabajo es un producto de la complejidad de las inversiones sociales de deseo.
En este marco, autonomía significa que la vida social no depende sólo de la regulación disciplinar impuesta por el poder económico, sino también de los desplazamientos, los deslizamientos y las disoluciones que constituyen el proceso de autocomposición de la sociedad viva. Lucha, retirada, alienación, sabotaje, líneas de fuga del sistema de dominio capitalista.
Ese es el significado de la expresión “rechazo del trabajo”. Rechazo del trabajo significa muy sencillamente: “no quiero ir a trabajar porque prefiero dormir.” Esta pereza es la fuente de la inteligencia, de la tecnología y del progreso. Autonomía es la autorregulación del cuerpo social, en su independencia y en sus interacciones con la norma disciplinar.
Autonomía y desregulación.
Hay otro aspecto de la autonomía en el que se ha profundizado poco hasta ahora. El proceso de autonomización de los trabajadores de su papel provocó un terremoto social que, a su vez, desencadenó la desregulación capitalista. La palabra desregulación apareció en la escena ideológica a finales de los años 60, e interpretó un espíritu desestructurador que venía del pensamiento libertario y antiautoritario de los decenios precedentes. Hay toda una tradición de “desreglamentación”, que recorre la cultura hippy libertaria californiana, el pensamiento autónomo italiano y la epistemología deseante francesa, que predica la autonomía de la dinámica social frente al dominio estatal y autoritario. El liberalismo recoge el impulso de estas culturas y lo transforma en fanatismo de la economía. La autonomía social desencadenó la potencia del saber y la imaginación colectiva, pero el liberalismo traduce esa liberación al terreno paranoico de la competitividad.
La desregulación que entró en la escena mundial en la época de Thatcher y de Reagan puede verse como la respuesta capitalista a la autonomización respecto al orden disciplinario del trabajo industrial. Los obreros pedían libertad frente a la regulación capitalista, y el capital hizo lo mismo pero a la inversa. La libertad frente a la regulación del Estado ha resultado ser despotismo sobre el tejido social y sobre la vida cotidiana de las personas concretas. Los trabajadores pedían libertad frente a la prisión del trabajo de por vida en la fábrica industrial, y la desregulación respondió mediante la flexibilización del trabajo y la fractalización del trabajo.
El movimiento de autonomía en los años 70 puso en marcha un proceso peligroso pero indispensable. Un proceso que se desarrolló desde el rechazo social del dominio capitalista hasta la revancha capitalista que adoptó la forma de desregulación, de libertad de la empresa frente a todo control estatal, de destrucción de la protección social, de reducción y externalización de la producción, de recorte del gasto social, de desfiscalización y, finalmente, de flexibilización. El movimiento de autonomía puso en marcha, en efecto, la desestabilización del contexto social que había surgido de un siglo de presiones sindicales y regulación estatal. ¿Cometimos, acaso, un terrible error? ¿Deberíamos arrepentirnos de las acciones de disidencia y sabotaje, de autonomía y de rechazo del trabajo que parecen haber provocado la desregulación capitalista?
No, en absoluto.
Es cierto que el movimiento de autonomía anticipó la tendencia, pero la desregulación estaba inscrita en las líneas de desarrollo del capitalismo posindustrial, como le estaba en la reestructuración tecnológica de la globalización productiva.
Hay una relación estrecha entre rechazo del trabajo e informatización de las fábricas, reducción de plantillas y subcontratación, y flexibilización del proceso global de trabajo. Pero esa relación es mucho más compleja que una simple cadena de causas y efectos. El proceso de desregulación estaba ya inscrito en el desarrollo de nuevas tecnologías que permitían a las grandes empresas lanzar el proceso de globalización. Un proceso parecido se produjo en el campo de los medios de comunicación en el mismo período.
Pensemos en las radios libres italianas de los años 70. En aquellos años en Italia existía un monopolio estatal de la telecomunicación y estaba prohibida la emisión privada. La izquierda política, en especial el PCI, denunciaba a los activistas mediáticos de Radio Alice a los que acusaba de romper el sistema público de comunicación y de abrir así el camino a los medios privados. ¿Hay que pensar que tenía razón la izquierda estatista que se oponía a al proliferación comunicativa en nombre de la defensa del sistema público? No lo creo así. Creo que la izquierda tradicional se equivocaba por varias razones. Ante todo, porque el fin del monopolio público estaba ya inscrito en la evolución de la tecnología de la comunicación. En segundo lugar, porque la libertad de expresión es mejor que la centralización estatal de los medios. En ese momento la izquierda representaba una fuerza de conservación estatista, tanto en Italia como en los países del Este de Europa. Representaba un cascarón cultural que no podía sobrevivir a la transición posindustrial. Lo mismo podemos decir respecto al fin del imperio soviético. Sabemos que la población rusa está hoy peor que hace veinte años, y que la llamada democratización ha llevado sobre todo a la destrucción de la protección social, a una pesadilla de competición agresiva, de violencia, de corrupción y de miseria existencial.
Pero la disolución del régimen socialista era inevitable, porque ese orden bloqueaba la dinámica del deseo social y porque impedía la innovación cultural. La disolución de los regímenes comunistas estaba inscrita en la composición social de la inteligencia colectiva, en el imaginario creado por los nuevos medios globales y en las inversiones colectivas de deseo. Eso explica que la intelectualidad democrática y las fuerzas culturales disidentes tomasen parte en la lucha contra los regímenes socialistas, aunque supieran que el capitalismo no sería ningún paraíso. Hoy la desregulación está devastando la que en tiempos fuera sociedad soviética, y se experimenta la explotación, la miseria y la humillación hasta un punto tal vez nunca alcanzado, pero esta transición era inevitable y, en cierto sentido, ha sido un cambio progresivo.
Desregulación no significa sólo emancipación de la empresa privada frente a la regulación estatal y reducción del gasto público y de la protección social. También significa flexibilización del trabajo. La realidad de la flexibilidad del trabajo es la otra cara de esa emancipación de la disciplina capitalista. No debemos minusvalorar la relación entre el rechazo del trabajo y la flexibilización que le ha seguido. Una de las ideas fuertes del movimiento de autonomía era que “lo precario es bello”. La precariedad del trabajo es una forma de autonomía frente al trabajo regular que dura toda la vida. En los años 70 era habitual trabajar unos meses, dejar el trabajo para irse de viaje, regresar y volver a trabajar unos meses y así sucesivamente. En condiciones de pleno empleo y en presencia de una extendida cultura igualitaria, no competitiva y no consumista, es posible un estilo de vida como ése, y le sienta bien al cuerpo y al espíritu. La ofensiva neoliberal de los años 80 pretendía invertir la relación de fuerzas. Desregulación y flexibilización del trabajo han sido efecto e inversión de la autonomía obrera. Es preciso comprenderlo, y no sólo por razones históricas. Si queremos entender lo que debemos hacer hoy, en la época de la plena flexibilidad del trabajo humano que, sin embargo, es también una fase de crisis del neoliberalismo, debemos comprender cómo pudo producirse, en ese paso de los años 70 a los 80, la ocupación del campo del deseo social por un imaginario economicista y competitivo.
En los últimos decenios la informatización del sistema de máquinas ha jugado un papel crucial en la flexibilización del trabajo, junto con la intelectualización y la inmaterialización de los principales procesos productivos. La introducción de las nuevas tecnologías electrónicas y la informatización del proceso productivo han abierto el camino a la creación de una red global de infoproducción, desterritorializada, deslocalizada y despersonalizada. La red global de infoproducción se ha convertido cada vez más en sujeto del proceso productivo social, y el tejido humano de las personas que lo componen se ha fragmentado hasta disolverse. No hay ya seres humanos que trabajan, sino fragmentos de tiempo sometidos al proceso de valorización, átomos de tiempo recombinados en el proceso productivo global. Los trabajadores industriales rechazaron su papel en la fábrica y ganaron, de ese modo, libertad y autonomía frente al dominio capitalista y frente al control de su tiempo de vida. Pero ello llevó a los capitalistas a invertir en tecnologías que ahorran trabajo y a cambiar la composición técnica del proceso de trabajo, para poder expulsar a los obreros industriales y sus formas de organización autónoma y crear una nueva organización del trabajo que pudiera ser más flexible.
Ascenso y caída de la alianza de trabajo cognitivo y capital recombinante
Intelectualización e inmaterialización del trabajo son una cara del cambio de las formas de producción social. La otra cara es la globalización planetaria. Inmaterialidad y globalización son complementarias. La globalización es un proceso que conlleva elementos de pesada materialidad, porque el trabajo industrial no desaparece en la época posindustrial, sino que emigra hacia las zonas geográficas en las que es posible pagar salarios bajos, y en las que la legislación no protege el trabajo y favorece a la libre empresa, a costa del medio ambiente y de la sociedad. La perspectiva de una extensión planetaria del proceso de producción industrial fue previsto por Mario Tronti en un artículo aparecido en el último número de la revista Classe Operaia, en 1967. Tronti escribía que “el fenómeno más importante de los próximos decenios hasta el fin del siglo XX será el desarrollo de la clase obrera a escala planetaria”. Esta intuición no se fundaba en el análisis del proceso de producción capitalista, sino en la comprensión de las transformaciones en la composición del trabajo. La globalización y la informatización podían preverse como una consecuencia del rechazo del trabajo en los países industriales de occidente. Durante los dos últimos decenios del siglo XX hemos asistido a una especie de alianza entre capital recombinante y trabajo cognitivo. Llamo recombinante al capital que no está ligado estrechamente a una aplicación industrial particular, sino que es transferible con rapidez de un lugar a otro, de una aplicación industrial a otra, de un sector de actividad económica a otro. Se puede llamar recombinante al capital financiero que desempeñó un papel central en la política y la cultura de los años 90. La alianza de trabajo cognitivo y capital financiero ha tenido importantes efectos culturales, como la identificación ideológica del trabajo y la empresa. Los trabajadores se han visto empujados a verse a sí mismos como autoempresarios. En esa visión había algo de cierto, en el período en el que florecieron las dotcom, cuando el trabajador cognitivo podía crear su empresa invirtiendo su fuerza intelectual (una idea, un proyecto, una fórmula) como un bien que podía valorarse en términos financieros.
Era la época que Geert Lovink, en su importante libro Dark Fiber,[1] llama la de la “dotcomanía”. ¿Qué fue la “dotcomanía”? La participación masiva en el ciclo de inversión financiera de los años 90 puso en marcha un proceso de autoorganización de los productores cognitivos. Los trabajadores cognitivos invertían su experiencia, su saber y su creatividad, y encontraban en el mercado de acciones los medios para crear empresas. Para muchos la forma empresa se convirtió en el punto de encuentro entre capital financiero y trabajo cognitivo de alto potencial productivo.
La ideología libertaria y liberal que dominaba la cibercultura (sobre todo norteamericana) en los años 90 idealizaba el mercado presentándolo como un entorno puro. En ese entorno, natural como la lucha por la supervivencia del más fuerte que hace posible la evolución, el trabajo encuentra los medios necesarios para valorizarse y convertirse en empresa. Una vez dejado a su dinámica propia, el sistema económico de red estaba destinado a optimizar los beneficios económicos para todos, propietarios y trabajadores, entre otras cosas porque la diferencia entre propietarios y trabajadores se hacía cada vez más imperceptible al entrar en el circuito productivo virtual.
Este modelo, teorizado por autores como Kevin Kelly y convertido por la revista Wired en una especie de Weltanschauung liberal–digital, arrogante y triunfalista, entró en quiebra a principios del nuevo milenio, junto con la new economy y buena parte del ejército de emprendedores cognitivos que habían vivido en el mundo de las dotcom. La razón de la bancarrota se halla en el hecho de que el modelo de un mercado perfectamente libre es una falsedad teórica y práctica. Lo que el neoliberalismo reforzó a largo plazo no fue el libre mercado, sino el monopolio.
En la segunda mitad de los años 90 se desarrolló una auténtica lucha de clases dentro del circuito productivo de las altas tecnologías. El devenir de la red se ha visto marcado por esa lucha, cuyo resultado aún hoy es incierto. Desde luego, la ideología de un mercado libre y natural ha resultado un engaño. La idea de que el mercado funciona como un espacio neutro de confrontación entre ideas, proyectos, calidad y utilidad de los productos ha sido barrida por la amarga verdad de la guerra que los monopolios han librado contra la multitud de trabajadores autoempresarios y contra la patética masa de microtraders.[2] La lucha por la supervivencia no ha sido ganada por el mejor o por el más afortunado, sino por el que ha sacado los cañones: los cañones de la violencia, de la rapiña, del robo sistemático, y de la violación de cualquier norma ética o legal. La alianza Bush–Gates ha sancionado la liquidación del mercado, y con ello la fase de lucha interna en la clase virtual se acabó. Una parte de la clase virtual se ha incorporado al complejo militar industrial, mientras otra (la gran mayoría) ha sido expulsada de la empresa y empujada hacia los márgenes de una proletarización abierta. En el plano cultural están emergiendo las condiciones para la formación de una consciencia social del cognitariado. Y éste podría ser el fenómeno más importante de los años próximos, la única clave que podría ofrecer soluciones al desastre.
Las dotcom han sido el laboratorio de experimentación de un modelo productivo y de un mercado. Al final el mercado ha sido conquistado y asfixiado por las grandes empresas monopolistas, y el ejército de autoemprendedores y microcapitalistas de fortuna ha sido desplumado y disuelto. Así ha comenzado una fase nueva: los grupos que alcanzaron el predominio en el ciclo de la net economy se han aliado con el grupo dominante de la old economy (el clan mafioso de Bush y Berlusconi, la industria militar y la petrolera) y el proceso de globalización productiva sufre un bloqueo. El neoliberalismo ha producido su negación y sus más entusiastas defensores se han convertido en sus víctimas marginalizadas.
Con el crash de las dotcom el trabajo cognitivo se ha separado del capital. Los artesanos digitales, los que en los años 90 se sintieron empresarios de su propio trabajo, se han dado cuenta poco a poco de que han sido engañados, desplumados y expropiados, y eso creará las condiciones de una consciencia de nuevo tipo de los trabajadores cognitivos. Se darán cuenta de que a pesar de tener toda la potencia productiva, han sido expropiados de sus frutos por una minoría de especuladores ignorantes pero hábiles en el manejo de los aspectos legales y financieros del proceso productivo. El sector improductivo de la clase virtual, los abogados y los contables, se apropia del plusvalor cognitivo producido por los físicos, los informáticos, los químicos, los escritores y los operadores mediáticos. Pero éstos podrían separarse del castillo jurídico y financiero del semiocapitalismo y construir una relación directa con la sociedad, con los usuarios. Puede que entonces se inicie el proceso de autoorganización autónoma del trabajo cognitivo. Un proceso que ya ha empezado, como lo muestran las experiencias del mediactivismo y la creación de redes de solidaridad con el trabajo migrante.
Era necesario que atravesásemos el purgatorio de las dotcom, la ilusión de una fusión entre trabajo y empresa capitalista, y también el infierno de la recesión y la guerra infinita, para poder ver emerger el problema con claridad. Por una parte, el sistema inútil y obsesivo de la acumulación financiera y la locura de la privatización del conocimiento público, herencia de la vieja economía industrial. Por otra, el trabajo cognitivo que empieza a verse como cognitariado, y empieza a construir instituciones de conocimiento, de creación, de cuidado, de invención y de educación que son autónomas del capital.
Fractalización, psicopatía, suicidio
En la net economy, la flexibilidad ha evolucionado hacia una forma de fractalización del trabajo. Fractalización significa fragmentación del tiempo de actividad. El trabajador ya no existe como persona. Es tan sólo un productor intercambiable de microfragmentos de semiosis recombinante que entra en el flujo continuo de la red. El capital no paga ya la disponibilidad del trabajador a ser explotado durante un período largo de tiempo, no paga ya un salario que cubra todo el campo de las necesidades económicas de una persona que trabaja. El trabajador (máquina que posee un cerebro que puede ser usado por fragmentos de tiempo) recibe un pago por su prestación puntual, ocasional, temporal. El tiempo de trabajo es fractalizado y celularizado. Las células de tiempo están en venta en la red, y las empresas pueden comprar tantas como quieran sin comprometerse en absoluto con la protección social del trabajador. El trabajo cognitivo es un océano de microscópicos fragmentos de tiempo, y la celularización es la capacidad de recombinar fragmentos de tiempo en un determinado semioproducto. El teléfono celular o móvil puede ser visto como la cadena de montaje del trabajo cognitivo.
Este es el efecto de la flexibilización y de la fractalización del trabajo: lo que era autonomía y poder político del trabajo se ha convertido en dependencia total del trabajo cognitivo respecto de la organización capitalista de la red global. Este es el núcleo central de la creación del semiocapitalismo. Lo que era rechazo del trabajo se ha convertido en dependencia completa de las emociones y del pensamiento respecto al flujo de información. Su consecuencia es una especie de desplome nervioso que afecta a la mente global y provoca lo que nos hemos acostumbrado a llamar dotcom crash. La crisis del capitalismo financiero de masas se puede ver como consecuencia del colapso de la inversión económica del deseo social. Uso la palabra colapso en un sentido que no es metafórico, sino más bien una descripción clínica de lo que está sucediendo en la mente occidental. La palabra colapso describe un auténtico hundimiento patológico del organismo psicosocial. Lo que vimos en el período inmediatamente siguiente a los primeros signos de hundimiento económico, en los primeros meses del nuevo siglo, es un fenómeno psicopático: es el colapso de la mente global. Veo la depresión económica actual como un efecto colateral de una depresión psíquica. La intensa y prolongada inversión del deseo y de las energías mentales y libidinales en el trabajo ha producido el ambiente psíquico ideal para un colapso que se está manifestando ahora en el terreno de la economía con la recesión y el retroceso de la demanda, en el terreno político en forma de agresividad militar y en el terreno cultural en forma de una tendencia suicida de masas.
La economía de la atención se ha convertido en una cuestión importante en los últimos años. Los trabajadores virtuales tienen cada vez menos tiempo de atención disponible, porque están implicados en un número creciente de tareas mentales que ocupan todo su tiempo de atención, y no tienen tiempo para dedicar a su vida, al amor, a la ternura y al afecto. Toman Viagra porque no tienen tiempo para los preliminares del sexo. La celularización ha conllevado una especie de ocupación permanente del tiempo de vida. El resultado es una psicopatologización de la relación social. Los síntomas son evidentes: millones de cajas de psicofármacos se venden en las farmacias, la epidemia de trastornos de la atención se extiende entre niños y adolescentes, el uso de fármacos como el Ritalin se hace normal, y parece extenderse una epidemia de pánico.
Una auténtica ola de comportamiento psicopático parece dominar la escena de los primeros años del nuevo milenio. El fenómeno del suicidio se extiende mucho más allá de los límites del fanatismo islámico. Desde el 11 de septiembre de 2001, el suicidio se ha convertido en el acto político crucial en la escena política global. El suicidio agresivo no debe verse sólo como un fenómeno de desesperación y de agresión, sino como una proclamación del fin. La ola de suicidios parece sugerir que el género humano está fuera de plazo, y que la desesperación se ha convertido en el modo predominante de pensamiento sobre el futuro.
¿Y entonces? No tengo respuestas que ofrecer. Lo que podemos hacer es tan sólo lo que ya estamos haciendo: la autoorganización del trabajo cognitivo es la única vía para ir más allá del presente psicopático. No creo que el mundo pueda ser gobernado por la razón. La utopía de la Ilustración ha fracasado. Pero pienso que la difusión del conocimiento autoorganizado puede crear la forma social de un número infinito de mundos autónomos. El proceso de creación de la red es tan complejo que no puede ser gobernado por la razón humana. La mente global es demasiado compleja para ser conocida y dominada por mentes locales subtotales. No podemos conocer, no podemos controlar, no podemos gobernar toda la fuerza de la mente global.
Pero podemos gobernar el proceso singular de producción de un mundo singular de vida social. Eso es hoy autonomía.
Traducción del italiano de Manuel Aguilar Hendrickson
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[1] Geert Lovink, Dark Fiber, MIT Press , Cambridge (Mass.), 2002.
[2] N. de T. “Micronegociantes” en acciones, o “microinversores
Canvi climàtic. ¿Perquè ens hauria d’importar?
Extracte del lloc http://comitecontracambioclimatico.blogspot.com//
La escasez de agua o alimentos y la subida de las facturas eléctricas son algunas de las consecuencias del cambio global para los ciudadanos
El cambio climático se debe a la emisión de gases de efecto invernadero por el uso de combustibles fósiles. Más allá de la teoría, repetida hasta la saciedad por expertos y políticos, el fenómeno conlleva una serie de consecuencias irreversibles en la vida cotidiana, desde la escasez de agua y de alimento hasta otras menos conocidas como el incremento de las facturas de suministro de agua, luz y electricidad, la subida de las primas de seguros, o el aumento de las enfermedades tropicales.
"El calentamiento no se puede curar, debemos aprender a vivir con él"
A pesar de las teorías escépticas, alentadas por personajes como el presidente checo Vaclav Klaus, prestigiosos expertos mundiales del clima como Brian Fagan, profesor emérito de la Universidad de California (EEUU), hablan de un "largo verano". En los últimos 420.000 años se han sucedido cuatro eras glaciares, de 100.000 años de duración cada una, con interludios cálidos entre una y otra. Desde hace 15.000 años vivimos el último de estos interludios, en el que ha surgido una novedad: el calentamiento global antropogénico, es decir, producido por la actividad humana.
Algunos de los efectos del fenómeno son ya visibles, pero en general se trata de un problema a largo plazo. Por eso muchos países son reticentes a comprometerse y adoptar medidas para reducir sus emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera. Y es que, aunque éstas se estabilizaran, la temperatura aún tardaría unos cuantos siglos en hacerlo. A Fagan le gusta decir que el calentamiento del planeta "es como una enfermedad crónica: no se puede curar, pero debemos aprender a vivir con ella".
Los efectos sobre los ciudadanos son tanto directos como indirectos
Para Miquel Àngel Rodríguez, investigador del Laboratorio del Clima del Parque Científico de Barcelona, el problema del cambio climático se ha enfocado habitualmente desde el análisis de un efecto sectorial concreto. Por ejemplo, "hay gente que, para ganarse la vida, realiza actividades que dependen de los factores ambientales, como un agricultor, que vive del agua, o un hotelero, cuyo negocio depende del buen tiempo".
Hay, además, un efecto indirecto sobre el ciudadano que ejerce una actividad que, en principio, no parece ligada a factores ambientales. "Si la actividad económica del agricultor deja de ser rentable", prosigue Rodríguez, "dejará de producir, y el ciudadano se encontrará con productos que vienen de fuera, lo cual acabará repercutiendo en su bolsillo".
El cambio climático, en definitiva, puede afectar, ya sea directa o indirectamente, al tipo de vida de cualquier ciudadano. Éstas son algunas de las 10 principales consecuencias del calentamiento.
Las diez razones para tenerlo en cuenta
1. Clima
Huracanes, incendios, sequías, tormentas, olas de calor... La década pasada fue la más cálida de los últimos 1.300 años. En 2003, una ola de calor costó la vida a más de 30.000 personas en Europa. Y la temperatura irá ascendiendo, hasta en seis grados a finales de siglo. Según informes de la ONU, el aumento del nivel del mar, sobre todo cuando se derritan los polos, provocará fuertes trombas de agua, afectando a dos millones y medio de personas al año para el 2080.
Hace unos meses, un estudio publicado en Nature probaba que los ciclones son más feroces ahora que hace 25 años. Cuando el agua se caliente un solo grado más, los huracanes de mayor nivel crecerán un 31%. “El gran cambio en la vida cotidiana de los ciudadanos será que tendrán que integrar las informaciones climáticas de su región y gestionar sus decisiones en función de éstas, a corto y medio plazo”, explica Rodríguez.
2. Consumo
La tendencia climática actual, según cuenta Rodríguez, comportará problemas con el suministro de agua y electricidad. “El ciudadano se verá sometido a riesgos que antes no tenía: no podrá prever cuándo se producirá la próxima sequía u ola de calor que provoque un pico de consumo energético y, por tanto, una caída del sistema eléctrico”, explica.
La producción hidroeléctrica en los países mediterráneos disminuirá, al menos, un 25% en los próximos años, pero nuestra demanda será cada vez mayor. Las compañías tendrán que abonar impuestos por las emisiones provocadas por el petróleo, que será más caro.
Como consecuencia, el ciudadano pagará más por las facturas de suministro de agua, gas y electricidad. Y tendrá que plantearse de forma responsable cómo mejorar el consumo dentro de casa para disminuir la contribución a la emisión de gases de efecto invernadero.
3. Economía
Los costes socioeconómicos ocasionados por las inclemencias meteorológicas y las variaciones del clima se han cuadruplicado en los últimos 40 años, según un estudio del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). A los efectos derivados de la pérdida de vidas humanas se sumarán los efectos sobre la economía, sobre todo en los países pobres. A escala global, se calcula que las pérdidas económicas asociadas a desastres naturales han pasado de 131.000 millones de dólares en la década 1970-1980 a 629.000 millones de dólares en los años noventa.
Como consecuencia, se augura una corrección al alza de las primas de seguros o bien que algunos riesgos pasen a considerarse de nuevo como no asegurables, comportando el retiro de la cobertura. En la actualidad, las compañías de seguros sólo pagan un 5% de las pérdidas económicas en Asia y América del Sur y del 10% en África.
4. Alimentos
El investigador del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona Francesc Piferrer publicó este verano un estudio que afirmaba que la temperatura a la que están sometidos los peces durante su desarrollo temprano es lo que determina si será macho o hembra. Carlos Duarte apuesta por la acuicultura cuando llegue el momento en el que no podamos vivir del mar.
Pero la producción de carne también puede peligrar. El biólogo recuerda cuántos litros de agua se necesitan para producir un filete: “¡7.000 litros, una piscina entera!”. Algo totalmente insostenible teniendo en cuenta la escasez de agua.
El vegetarianismo no será una cuestión ideológica, sino una necesidad. Miquel Àngel Rodríguez piensa que en el llamado primer mundo no habrá problemas de abastecimiento de alimentos, porque los traeremos de fuera, aunque a un precio elevado.
5. Especies
Los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC) ofrecen cifras desalentadoras: entre el 20% y el 30% de las especies animales y vegetales del planeta se extinguirá irremediablemente si el calentamiento prosigue al ritmo actual. Si están en lo cierto, dentro de 50 años se habrán perdido alrededor de 1,5 millones de especies. Hay cifras aún más pesimistas. El abogado especializado en temas de medio ambiente Sergio Bulat afirma en su libro Planeta frito (Ediciones Urano) que se perderá un 60% de especies en determinadas áreas montañosas para el año 2080.
Hay casos conocidos de especies amenazadas, como el de los pandas o los elefantes, pero también lo están muchos microorganismos que no vemos pero que proporcionan servicios como la limpieza del aire o del agua, un servicio que tendrán que compensarse con trabajo humano y mucho dinero.
6. Agua
“El futuro de la población humana está vinculado la disponibilidad del agua, y cada vez lo estará más”. Lo dice el biólogo galardonado con el Premio Nacional de Investigación Carlos Duarte, que el año pasado participó en la primera expedición española al Ártico. En septiembre pasado se perdió el equivalente al hielo ártico que se ha fundido en los últimos 15 años.
No hace falta ir tan lejos. Una investigación de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología señala que los glaciares de los Pirineos, los únicos activos de todo el país, desaparecerán antes de 2050 debido al aumento progresivo de la temperatura, un total de 0,9 grados desde 1890 hasta ahora. La consecuencia del deshielo de los glaciares de montaña, que son una de las principales reservas de agua dulce, es que más de mil millones de personas padecerán restricciones en todo el mundo; no sólo en África o Asia, sino también en los países mediterráneos.
7. Demografía
Según un estudio del Georgia Institute of Technology y de la Universidad de Hong Kong, existe una conexión entre los cambios en la temperatura y las guerras porque esos cambios afectarán a la disponibilidad del agua, la extensión de los cultivos y la fertilidad de los terrenos. Los más perjudicados serán, como es habitual, los países más subdesarrollados, que no tienen medios para adaptarse a esta nueva realidad.
La situación, sin embargo, afectará también a los desarrollados. “Llegarán refugiados, no sólo económicos y ambientales, sino también por distintos conflictos bélicos”, afirma Miquel Àngel Rodríguez. La presión demográfica será brutal y agravará la brecha entre ricos y pobres. “Otra de las consecuencias”, prosigue el investigador del Laboratori de Recerca del Clima, “es que el mundo será más inestable desde el punto de vista político”.
8. Transporte
El Gobierno español está intentando reducir los mayores focos de emisión de CO2, que se encuentran en el sector energético y en el de los transportes. El primero de ellos ya ha entrado en el mercado de derechos de emisión: cada empresa paga su trozo de tarta en función de lo que consuma.
En el caso del transporte, una de las soluciones es reducir el privado mediante el carsharing (“coche compartido”), un sistema de movilidad basado en una flota de coches compartida por muchos ciudadanos. La consejera de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León, María Jesús Ruiz, presentó recientemente cifras reveladoras. “Los vehículos privados cuentan con un ratio de ocupación de 1,2 personas por coche. Si aumentase un 10%”, hasta las 1,32 personas, en una ciudad de 250.000 habitantes, “se reduciría el número de vehículos en 16.250, las emisiones de CO2 en 21 toneladas y el espacio ocupado en 50.000 metros cuadrados”.
9. Turismo
La vida cotidiana de los que se dedican al sector turístico y de ocio puede verse afectada de forma indirecta por el cambio climático. Los expertos reconocen que la mayor parte de la actividad turística en España, por ejemplo, depende de si hace o no buen tiempo en verano. Si el tiempo en Europa se vuelve mucho más benigno por el aumento de las temperaturas, será más complicado que la gente venga a España.
Por otra parte, “si en el futuro hay menor disponibilidad de agua”, explica Miquel Àngel Rodríguez, “el factor que antes se sacrificará será el ocio, y el último, el uso doméstico”. Llegará un momento en el que la escasez de agua será muy elevada, pero la demanda lo será también. Y entonces será el ocio el que se verá alterado: balnearios, lugares públicos con grandes fuentes, parques acuáticos y de ocio... “Este efecto se notará en los precios, que subirán, y en la calidad de vida de las personas”, añade.
10. Infecciones
Trastornos respiratorios y digestivos, alergias, enfermedades tropicales... Expertos como el doctor Rogelio López Vélez, responsable de la Unidad Médica Tropical y Parasitología Clínica del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, alertan de que la salud humana es extremadamente sensible al clima, sobre todo en el caso de enfermedades de las que son portadores los mosquitos: chikungunya, dengue, malaria o cólera, entre las más conocidas.
Miquel Àngel Rodríguez, del Laboratorio del Clima del Parque Científico de Barcelona, advierte de que estas enfermedades exóticas no son debidas al cambio climático en Europa, aunque sí en África. “Las enfermedades tropicales emergentes hoy en día están relacionadas con el tráfico mundial de viajeros y de mercancías. En el futuro, cuando el cambio climático sea mucho más marcado, sí puede ser que proliferen ciertos organismos”, dice.
http://www.publico.es/ciencias/medioambiente/178963/cambio/climatico
http://comitecontracambioclimatico.blogspot.com/
Tosts esperem que l’any vinent sigui, si més nó, tant bo com aquest, cosa que és de gran dificultat i enormement complicat amb el personal que ens mana, i no crec que amb el pas del temps millori. Be, ja m’enteneu.
PD; Per si no queda clar l’esperit nalalenc del missatge, no cal que us hi trenqueu el cap, no és gaire important, i el polític tampoc.